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Revista nº 3

  Fem Barri nº 3 - "Violetas" en el Franquismo .

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    La policía y la prensa los llamaba despectivamente «Violetas»

    La persecución de gays durante el franquismo. 5.000 vidas truncadas. Las leyes de Vagos y Maleantes y de Peligrosidad Social se aplicaron a gays y transexuales hasta 1979.

    "Redada de violetas: la represión de los homosexuales durante el franquismo"

    Se pasaba tanta hambre que Manuel S. H. se comía hasta las cagarrutas de las cabras y Juan Curbelo Oramas devoraba la comida podrida de los paquetes que le enviaba su madre y que los guardianes retenían hasta que despedían un olor nauseabundo. El hambre era una presencia constante, obsesiva, demoledora, pero no era la única pesadilla. Estaban también los palos, que caían como un diluvio. Por equivocarse al marcar el paso, por responder, por rezongar, por quedarse rezagado al amanecer, por nada, por todo.

    La imagen no es de un campo de concentración alemán en Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial, es de la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, Fuerteventura, en 1955, y el director no era un capo nazi con monóculo, fusta y botas de montar, sino un sacerdote castrense de Vitoria, que vestía de verde olivo y dictaba cuántos palos, a quién se habían de dar y por qué agravio, del que él era el único árbitro. Un sacerdote que escondía las cartas de los familiares y determinaba, con sus informes a los juzgados, si los condenados debían permanecer en Tefía el año mínimo o los tres máximos que daban de margen las ambiguas condenas a vagos y maleantes. Tres años pasó picando piedra en la colonia inhóspita, olvidada y reseca que en 1954 empezó a recibir homosexuales para quitarles el vicio a base de hambre y palos.

    Ley de vagos y maleantes

    Hasta 1954, la represión de la homosexualidad no había estado entre los objetivos del régimen de Franco, más ocupado en la persecución y eliminación de la disidencia política. El primer paso en esta dirección fue la modificación de la Ley de Vagos y Maleantes de 1954.

    Curbelo nació en 1939, en una modesta familia numerosa de Las Palmas. Comenzó a trabajar de niño y a los 16 se empleaba en la cocina de la pensión Los Catalanes, en la calle de La Granadina. Después del trabajo, salía a ligar con frecuencia por los alrededores de la zona, que cumplía las funciones de barrio chino de Las Palmas: las calles de Canalejas, Molino de Viento, Pamochamoso... Era detenido con frecuencia en las redadas que efectuaba la policía y su madre se pasaba la vida yendo y viniendo de casa a sacarlo de la comisaría de la Plaza de la Feria o a la cárcel de Barranco Seco. En 1955, el escarmiento fue más serio. Tras un mes en Barranco Seco, le condenaron por homosexual a una pena de entre uno y tres años de prisión en Tefía.

    Juan Curbelo pertenece a la primera generación de gays presos por su orientación sexual y su pertinacia en sostenerla y no enmendarla. Con la cabeza rapada, le embarcaron rumbo a Fuerteventura, la isla más seca del archipiélago, un lugar que hasta la explosión del turismo era sinónimo de alejamiento y desolación, donde los sucesivos gobiernos que vivió España en el siglo confinaban a sus enemigos.

    Tefía fue un infierno de palizas, trabajo hasta el agotamiento, privación, calor insufrible de día y noches frías. Y Juan, al que con 16 años se le salía la vida a chorros, fue incapaz de doblegarse, de callar y aguantar: por rebelde y por insumiso, su estancia era una sucesión de palizas y su condena se alargó hasta apurar el máximo en aquella cárcel cuartel. Tres años estuvo siguiendo la misma rutina: al amanecer, instrucción y doctrina. Todos los presos cantaban «España, patria querida / Somos tus hijos...». De ahí partían a picar piedra para la construcción o a cavar zanjas bajo la mirada de los guardias, siempre con la garrota en la mano. Paraban para comer pan de tres días y unos pocos de fideos y de nuevo salían a picar bajo un sol inclemente hasta la caída de la tarde. Antes de cenar guisantes con patata apartando con la mano los gorgojos que flotaban entre los guisantes de la cena.

    Un poco de instrucción en la escuela: primeras letras, historia sagrada y el rezo del rosario.

    Por las noches dormía sobre un petate en el suelo, cubierto con una manta, si no le tocaba imaginaria o si no le retiraban el petate y había de dormir sobre el suelo. «Era tiempo de amargura, de desespero, terminabas molido».

    El único día de la semana que podían lavarse era el sábado. Tenían un tiempo récord para entrar en un cercado y sacar agua de un pozo para ducharse. Fuera, un guardián con un pito marcaba el momento exacto en que se terminaba el baño y si estaban aún enjabonados así debían abandonar el recinto bajo pena de más palos, más castigos. El médico sólo se acercaba a la colonia una vez por semana y el único lujo ocasional era algún cigarrillo, comprado en el economato con el dinero que enviaban los familiares.

    La colonia cerró a mediados de los sesenta, pero las autoridades españolas siguieron enviando a los homosexuales a la cárcel, habitualmente a las llamadas galerías de invertidos, gracias a la Ley de Vagos y Maleantes hasta 1970, cuando esta norma fue sustituida por la de Peligrosidad Social.

    La nueva ley, que al castigo unía la filosofía de la «defensa social» y la «curación» del presunto delincuente, añadió la novedad de especializar dos cárceles ya existentes, la de Badajoz y Huelva, en la custodia de detenidos homosexuales, una práctica que la oposición política a la Dictadura no se cuestionó tajantemente hasta 1978, coincidiendo con la aprobación de la Constitución. Así se dio la paradoja de que mientras España caminaba hacia la democracia, varias decenas de presos seguían pudriéndose en la cárcel por su mera orientación sexual y aún hoy siguen esperando una reparación moral y económica similar a la que han recibido las víctimas políticas de la dictadura de Franco.

    Extracto del libro "LA HOMOSEXUALIDAD EN EL FRANQUISMO. Cuando el vicio se quitaba con hambre y palos" de Arturo Arnalte

     

    R.S.



    Font Mitjana


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